La electricidad que llega a nuestros hogares y oficinas se distribuye en corriente alterna. Sin embargo, las baterías de los vehículos eléctricos almacenan la energía en corriente continua. Por este motivo, toda la energía debe pasar por un proceso de conversión antes de llegar a la batería.
En una carga AC, la conversión se realiza dentro del vehículo gracias a un convertidor integrado. Este sistema es el más habitual en hogares, centros comerciales, aparcamientos públicos y lugares de trabajo. Aunque la velocidad de carga es menor, suele ser la opción más económica y adecuada cuando el vehículo permanece estacionado varias horas.
Por el contrario, los cargadores DC incorporan el convertidor en el propio punto de carga. Esto permite enviar energía directamente a la batería y alcanzar velocidades significativamente superiores. Por eso suelen encontrarse en electrolineras y estaciones de carga rápida situadas en carreteras o corredores estratégicos.
Debes de saber que la elección entre AC y DC no depende únicamente de la velocidad. También es importante valorar el tiempo disponible, el coste de la recarga y el uso previsto del vehículo. Para el día a día, una carga lenta o semirrápida suele ser suficiente. En cambio, para trayectos largos, la carga rápida puede convertirse en la mejor aliada para reducir los tiempos de espera.
La clave está en entender que cada tecnología tiene una función específica y que ambas son complementarias dentro del ecosistema de la movilidad eléctrica.